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En las lejanas fallas del año 1964, yo era un niño de 5 años con un gran temor por los ninots, los veía tan grandes y con esas expresiones tan exageradas que producían en mí un sentimiento de rechazo, al igual que ciertas músicas, como la sintonía del programa radiofónico “Ustedes son formidables” (La sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak) y “les albaes” que se cantaban en la madrugada de la fiesta de San Vicente Ferrer.
Ese mismo año, viendo la falla grande de Pie de le Cruz de Vicente Tortosa y sonando, a la vez, una música desconocida, sentí verdadero pavor. El remate de la falla me pareció terrorífico, estaba compuesto por un orondo médico provisto de las más variadas herramientas: martillo, serrucho, tenazas, etc y, en una de sus manos, llevaba un niño recién nacido que a mi me pareció que iba a “liquidar” de un momento a otro y la banda de música interpretaba una melodía de lo más siniestra: ta-ti-to-ta-ti-to-te-ro (más tarde lo supe, era Paquito el chocolatero).
Mis adultos acompañantes me indicaron que me acercara y comprobara que era un ninot y que, en ningún momento, iba a cobrar vida y, así vencer mi miedo; sin embargo, el pánico me tenía paralizado, pensaba que iba a dejar el bebé y cogerme y yo, lo único que quería, era salir corriendo de allí. Visto ahora, se me antoja una escena de lo más exagerada pero yo guardo un sentimiento de mucho, mucho miedo; de hecho, recuerdo que viví unas fiestas muy intranquilas, para colmo, en la falla de mi calle, el remate era una bruja que me provocaba auténtica angustia el mirarla, tanto es así que era incapaz de subir o bajar la escalera de mi casa solo, por el miedo a que se me apareciera la dichosa bruja de los Roda y me metiera en el caldero sobre el que estaba montada.
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